Como hincha, el chileno es inmaduro

Eduardo Téllez Lúgaro

El fracaso del seleccionado de Luis Santibáñez en España ’82, junto al penal errado de Carlos Caszely en el mismo campeonato de fútbol, marcaron el puntapié inicial de una hinchada exigente y poco conformista, diferente a la que repletó el Estadio Nacional para la campaña de los anfitriones del mundial de 1962.

Gran expectación existe ante la última doble fecha clasificatoria al mundial de Rusia 2018, ya que, el actual momento  es medianamente adverso  para la selección, tras el rendimiento ante Paraguay y Bolivia, instancia en la que se hipotecó un cupo que parecía asegurado. La crítica mediática y social se sintió de inmediato, principalmente en las redes sociales, presión que llegó a los jugadores y al cuerpo técnico de la selección.

Ante este escenario de expectación, el Investigador del Centro de Estudios Históricos (CEH) de la Universidad Bernardo O´Higgins, Eduardo Téllez,  realizó un análisis antropológico de lo que está ocurriendo con la “marea roja” por estos días, a la espera del cara a cara con Ecuador.

El contexto indica que antiguamente, la gente no le pedía a la selección que ganara, eran más cariñosos con los jugadores y estaban acostumbrados a que a Chile no le fuese bien y en general se perdía, de modo que si empataba o se hacía un papel decoroso ya era bastante. Sin embargo, a través de la historia la gente se volvió más  exigente con los jugadores.

El investigador explica que la primera vez que esto ocurrió fue cuando (Luis) Santibáñez trajo el concepto de mentalidad ganadora. Hizo un buen cometido en el Sudamericano y obtuvo una inmejorable posición para conseguir la clasificación, con lo que creó grandes expectativas para el mundial de España ’82. En ese campeonato todo se derrumbó y la gente asumió que, con lo ocurrido y destacando el famoso penal de Caszely, se había perdido el trofeo a pesar que quedaba un largo camino.

Desde ahí, recalca Téllez, partieron todos los cambios culturales y sociales de los chilenos, en la década de ’80, con un sujeto más individualista y competitivo, lo que se trasladó a las cancha, esto porque  el fútbol es un deporte con vínculo de masas y, por lo tanto, hay una gran cantidad de gente que está expectante ante el éxito de sus equipos, con títulos y participación en torneos inéditos, lo que engancha hasta a los más escépticos, provocando interés colectivo y paralizando a prácticamente un país entero.

Además, hay que sumar el hecho de que la gente entiende que son profesionales y les pagan mucho dinero, por lo que se les exige que tengan resultados positivos, algo así como justificando el sueldo que reciben por su profesión, por lo que no es exagerado exigir resultados y que ganen los campeonatos en los que participan.

A juicio del académico el hincha de hoy  vive conectado a redes sociales y a los medios de comunicación, y eso no es sano porque se dejan influenciar por lo que todos hablan, influyendo en su estado anímico,  ya que, todos dicen que hay que ganar, que son finales y que Chile está necesitado del triunfo. Ellos debiesen ser como los tenistas, que pueden generar una mentalidad fortalecida al estar solo en una cancha con público en contra.

La masa chilena se encontró con un nuevo escenario en el que  se ponen ansiosos y no disfrutan del momento. Especialmente los que no tienen quien no tiene formación deportiva, esa presión al final la vuelve sobre sí mismo, asumiendo que tiene que ganar y, si pierde se derrumba psicológicamente y no habla o se descarga por redes sociales o puede llegar a generar disturbios en la vía pública producto de la inmadurez. Como hincha, “el chileno es inmaduro”.  Vive pensando en la meta y si no la cumple, se derrumba fácilmente.