Columna de Opinión: Nicanor: Conversación en el aeródromo

Eduardo Téllez Lúgaro

A las 15:10 del 22 de enero (el registro milimétrico del celular me lo recuerda) he llamado a Pedro Lastra desde  Carriel Sur, mientras aguardo por horas el arribo de la nave que ha de llevarnos de regreso a Metrópolis. En los puertos aéreos los tiempos de espera deben declararse muertos o darles respiración artificial. Me inclino por  lo segundo.

La materia de la conversación requiere fidelidad- He comenzado una biografía reducida de Lastra, poeta memorable en esta geografía de poetas inmensos. Semanas atrás me ha referido con escrupulosa memoria las secuelas contiguasal terremoto de Chillán que en enero del 39 aniquiló Chillán, y su casa. Un dato, sin embargo, trastabilla. Alude a otro sobreviviente de ese magnicidio telúrico, Nicanor Parra (¿cómo se salvó?). Yo había apuntado que este era, a la sazón,  inspector general y profesor del liceo de hombres de la ciudad desaparecida  ese verano lúgubre, y ahora dudo. No, me corrige Lastra, Nicanor servía  a  esa fecha exclusivamente  como profesor de física y matemáticas,  sin prerrogativas de prefecto.

El antecedente, aunque de primeras parezca fútil,  venía a cuento.  En el recuerdo intenso de Lastra las escuelas chillanejas se desmoronaron y un vecino dadivoso, Adrián Parra, tío de Nicanor, autorizó el uso de su vasta casa, una de las pocas que quedaba en pie en medio de esa necrópolis, como colegio de emergencia mientras se reconstruían las instalaciones escolares. El bueno de Adrián Parra padecía del mismo cuadro que afectaba el resto de su clan y se dedicaba, cuando podía, a ejercicios líricos. Al cabo versificó el  himno de la Escuela Normal de Chillán.

Allí habría de divisar Pedro Lastra, a los siete años de edad, a Nicanor Parra, que andaría por sus veinticinco y solía pasar por el caserón de su tío.  Podemos deducir su talante por las fotografías conocidas: pelo corto,  terno discreto, rostro en tensión.  Llegaríamos a ser amigos en 1951, o quizás el 52, evocaba Lastra, para entonces poeta en estado formativo,  complacido de volver a esas circunstancias extrañas. En la “escuela” de Adrián jamás cruzaron palabras.

El retorno, más engorroso de lo pensado (verano,  al fin y al cabo) lo solazó la lectura de Violeta Parra en Concepción y  la frontera 1957-1960, el potente libro de Fernando Venegas, en el cual la figura de su hermano Nicanor refulge cada tanto. Sobrevolando los meandros del Maule doy con la casi ilegible foto que muestra al memorable profesor Alberto Medina, en un auditorio,  sentado junto a la butaca que ocupa Violeta Parra; en  las siguientes, están Oreste Plath,  un reconcentrado Nicanor, y Gonzalo Rojas,  todos de izquierda a derecha, cuando la escuela de temporada de otro enero perdido, el de 1960, patrocinada por la Universidad de Concepción, bajo la conducción estratégica de don Gonzalo. Sonrío. Alberto, antiguo amigo y confidente,  nunca  habló de esos escarceos con los Parra.

El 23 por la mañana, vertida  la noticia, llamo a Lastra. Nos sorprendemos que menos de un día antes hayamos estado hablando tan íntimamente de Nicanor Parra Sandoval, muerto de madrugada. Lo que nos asombra,  en realidad, es que no viéramos en eso una premonición ni  un atisbo luctuoso. Es que, como pasaba con 17 millones de chilenos, dábamos por descontando que, en su carne,  Parra, como el héroe de Borges,  era inmortal.