Votar o no Votar, esa es la cuestión: El efecto Millennials.

Chile es hoy un país democrático, condición que no existió entre el año 1973 y comienzos del año 1990, lo que significó mantener al país con casi 17 años sin elecciones populares y que una vez establecida la democracia, se pudiese al fin recuperar el ansiado derecho a sufragio para elegir a nuestros gobernantes. Este hecho fue celebrado en su oportunidad por muchos, los que acudieron masivamente a las urnas eligiendo, en un acto democrático, a las autoridades responsables de la conducción de la patria.

Esta democracia adquirida, entregó nuevos derechos y deberes a la ciudadanía, volvió a permitir que el “voto” fuese el instrumento principal para elegir a nuestras autoridades gubernamentales mediante la elección popular, se entregó el derecho a sufragar a todos los chilenos mayores de 18 años, como parte del deber ciudadano. Este sentimiento de poder que tiene el votante, se reduce en la emisión de un “voto”, algo tan sencillo pero que conlleva a consecuencias relevantes para el país que todos deseamos tener. El voto fue obligatorio, lo que permitió en los primeros años de los gobiernos democráticos, efectuar elecciones con una representación alta de los ciudadanos en las urnas.

Luego, el 31 de enero del año 2012, mediante una ley, se creó el registro electoral automático y creyendo el gobierno de la época que Chile estaba “maduro” en el contexto electoral y con plena conciencia cívica, se modificó también la ley del voto obligatorio, pasando a ser un acto “voluntario”. Aquí, impensadamente para muchos, se produjo el efecto contrario: una gran baja de votantes unida con una creciente desazón por la política en general.

Según el “SERVEL”, el universo de votantes para las municipales de octubre del 2016 fue de 14.121.316 personas y de éstas solo votaron 4.927.257, aproximadamente un 66% de abstención. Según la última encuesta CEP de este año, la intención de participar de los votantes habilitados en las próximas elecciones presidenciales, rondará entre el 42 y el 47%, generando una cifra superior al 50% de abstención. Una señal de alarma para el sector político, ante el alto grado de desinterés del pueblo por concurrir a las urnas, una tendencia creciente que afecta la representatividad del clamor nacional.

Dentro del universo de los votantes habilitados, se encuentra la generación “Millennials”, que son aquellos ciudadanos nacidos entre los años 1980 y el 2000. Según el censo del año 2012 efectuado por el “INE”, los Millennials sumaban 5.534.802 de personas, vale decir, aproximadamente el 39% de la población con derecho a voto, que es una cifra significativa para el padrón electoral.

En las votaciones municipales del pasado octubre 2016, según datos del “SERVEL”, dentro del segmento de los “Millennials”, los que efectivamente sufragaron fueron 1.439.151 personas, lo que equivale a un 26% de los votos y un considerable 74% de abstención. Cabe preguntarse entonces: ¿Que origina esta drástica baja dentro de este segmento? Lo primero que se puede determinar como causal, es su fecha de nacimiento, prácticamente esta generación no sabe lo que significa votar nuevamente, ya que, no tenían conciencia de los sucesos acontecidos en el régimen Militar. Ésta es la primera causa atribuible, pero si analizamos más de fondo, podemos observar que esta generación se conoce como aquella que nació dentro del “entorno digital”, en los albores del nacimiento del Internet, de la telefonía móvil y de diversas redes sociales.

Los Millennials, son una generación joven, más compleja, con menos interés en lo social y en lo político, acostumbrada a ver lo que quiere y desechar lo que no le interesa, no les llama la atención ver canales tradicionales que son los que emiten las franjas eleccionarias, no observan las antiguas “palomas” en las calles con candidatos ofreciendo algo, no les interesa la papelería que se les entrega en las esquinas, no leen el diario ni menos escuchan radio. En resumen, no interactúan con la publicidad o simplemente no les interesa la contingencia política, la observan con desgano y se abstraen mediante los medios digitales.

El gobierno de turno y el mundo político deben ser capaces de analizar esta situación y buscar la forma de crear conciencia ciudadana, este mismo grupo de personas transmitirá la falta de interés electoral a sus hijos ¿Será el momento de repensar la obligatoriedad del acto electoral? O quizás el mundo político debe ponerse en la piel del Millennial abstraído de la realidad, y ofrecer el voto electrónico mediante una plataforma tecnológica, de manera de entrar en su particular mundo e invitarlo a ser parte activa de la sociedad. Lo propuesto genera 3 matices: el primero aplicar obligatoriedad, que permitirá aumentar la cantidad de votantes, pero ¿será realmente objetiva la votación o solo efecto de una represión?; lo segundo implica un salto tecnológico que permitirá modernizar al estado chileno acorde con la realidad existente y el tercero; el estado debe buscar maneras de motivar e incentivar al votante para concurrir a las urnas.

Se puede elegir cualquiera de las alternativas ofrecidas, pero independiente de la solución adoptada, las generaciones etarias que componen la sociedad chilena, deben entender que el deber cívico es para el bien común de la sociedad, por tanto, se debe también educar a los jóvenes a temprana edad, ya sea mediante programas educacionales en los colegios y principalmente, a través de la educación que entregan los padres y la familia en general, pero la impasividad e indiferencia no es la aptitud que se debe tomar. Esa es la cuestión.

 

Marcelo Ortiz Breitler
Académico Escuela de Ingeniería Comercial
Universidad Bernardo O’Higgins