El voto y la superestructura

Más de la mitad de los chilenos habilitados no ha votado este domingo. ¿Es eso un problema? Creo que si más personas se expresaran y participaran en las elecciones la sociedad se fortalecería y avanzaría hacia un mejor estado de cosas. Pero no al costo de volver al voto obligatorio y así forzar a ese sector de la población a acercarse a las urnas. El camino es preguntarse el porqué de la abstención y cómo revertirla.

Podemos pensar el voto como la superestructura de la democracia. Marx decía que la política, el arte, la religión constituían la superestructura de la sociedad, el fruto de la infraestructura, la cual obedecía al orden económico o relaciones de producción. El voto, así pensado, sería la consecuencia de una infraestructura democrática, su derivación, el síntoma. Y no al revés. No puede ser el voto la quintaesencia de la democracia, sino el reflejo de una participación igualitaria de toda la sociedad.

Si la gente no vota, luego, es porque la democracia es frágil, porque no tiene una raigambre profunda en la identidad de los chilenos. Ello se explicaría por causas históricas de larga duración, por otras de mediana duración y por otras más coyunturales. Nuestro país no ha sido democrático sino en una proporción menor de su pasado. De la dispersión de los pueblos originarios pasamos a ser colonia de España, súbditos de un rey. Tras la Independencia se cambió al rey por el presidente gracias a la inspiración de Portales; y luego se cambió al presidente por la oligarquía. En todo ese tiempo el país no fue democrático y la participación electoral fue mínima. El siglo XX, hasta 1973, fue, sin embargo, una época de expansión democrática, de participación social elevada, que además se expresó en un crecimiento explosivo del electorado, consolidado con el voto femenino.

La interrupción provocada por el Golpe de 1973 barrió con ese proceso, y la democratización retrocedió todo lo avanzado. El mayor éxito del gobierno de Pinochet no fue la implantación del neoliberalismo, fue la despolitización de la sociedad, solo amagada por la ola de redemocratización asociada a la movilización contra la dictadura en los ochenta, que se extendió por unos lustros más. Hoy experimentamos las consecuencias, también, de una serie de prácticas antidemocráticas: el sistema binominal, que ya expiró; la erosión de la actividad sindical; la concentración de los medios de comunicación en manos de la derecha y de los grupos económicos; la administración anquilosante de la Concertación y luego de la Nueva Mayoría; casos de corrupción; un sistema judicial que no es ciego. No debe olvidarse un fenómeno cuyas dimensiones aún son desconocidas: las redes sociales como una forma de expresión de mayor y más rápida retribución: ¿cuántos jóvenes prefieren recibir (o dar o negar) un like a votar en las elecciones?

Pienso, con todo, que es la herencia de la dictadura en materia económica y social la que en definitiva ha herido hondamente a la democracia en Chile. Me refiero a la carencia de un Estado que asegure la igualdad de oportunidades y un sistema educativo, de salud y de previsión justo para todos. Solo cuando ello ocurra la democracia será efectiva en Chile y la participación electoral, si no crece, será por conformidad.