De constelaciones y conspiraciones

El brote de peste bubónica o peste negra en Sevilla comenzó silenciosamente en abril de 1649, mientras se celebraba la fiesta más concurrida de la ciudad hasta hoy: la Semana Santa. Una inusual crecida del río Guadalquivir había desencadenado la escasez de alimentos y una consecuente ola de precios altos y hambruna. No era el mejor escenario para recibir una peste. Para entonces, la población de la ciudad rondaba las 130.000 personas, la mitad de las cuales murió durante la epidemia.

Las medidas de la junta gobernante, como a veces sucede, tardaron en llegar. En mayo, la junta ordenó cerrar las puertas de la ciudad, quemar la ropa de los contagiados y matar a todos los perros y gatos que deambulaban por las calles propagando la enfermedad. La mayoría de los contagiados se instaló en el Hospital de la Sangre o de las Cinco Llagas, la actual sede del Parlamento de Andalucía. Al director del hospital la junta le ofreció un abultado salario, del cual no alcanzó a gozar porque murió pocos días después de asumir el cargo, al igual que sus sucesores y gran parte del personal médico que trabajaba asistiendo a los enfermos.

Cuando el peak del contagio comenzó en junio, el apocalipsis se desató en Sevilla. Conocemos los escabrosos detalles de la catástrofe gracias al testimonio de uno de sus sobrevivientes, un acaudalado y pío vecino al servicio del tribunal de la Inquisición, institución política y religiosa encargada de suprimir cualquier credo no católico. En el barrio de La Macarena, en el que se emplazaba el hospital, los enfermos levantaron un campamento en donde aguardaban su turno para ocupar las camas que los muertos dejaban libres. Los seis cementerios y dieciocho sepulcros especialmente construidos para la peste no dieron abasto para los cientos de cadáveres que se amontonaban en las puertas de las parroquias. Para evitar el contagio, los sepultureros amarraban los cuerpos con una soga, con la cual los arrastraban hasta alguna fosa que aun tuviese espacio disponible. Hubo quien, adelantándose a tan desventurado final, se enterró en vida, acarreándose a sí mismo y a su cama hacia el nicho abierto más cercano, en donde aguardó la muerte al abrigo de una pila de cadáveres que presagiaban su destino. El olor a pestilencia se hizo tan intolerable que los templos cerraron, algo impensable en una época en que la vida se articulaba en torno a la devoción y el culto. Un eclipse de luna anunció la muerte de 4.000 personas en tan solo dos días, evento seguido por otro espontáneo prodigio: el sol se tiñó de rojo durante cuatro horas, suceso no previsto por los cálculos de ningún astrónomo.

La purificación del contagio, como nuestro testigo Pedro López de San Román denominó al fin del brote, comenzó en julio. Él estaba seguro de que la peste no había llegado, como algunos pensaban, oculta en la ropa de los gitanos que, clandestinamente, unos vecinos del barrio de Triana habían acogido. Para él, la peste había sido una enfermedad espiritual cuyo origen radicaba en los pecados de los sevillanos, siempre ejemplificados con oscuros episodios protagonizados por mujeres que, movidas por el remordimiento, corrían y gritaban confesando horrendos pecados de adulterio, incesto y lujuria. Se trataba de una venganza divina hecha a la medida de cada pecador, de ahí que la sangría, el remedio estándar aplicado por los médicos de la época, tuviese efectos opuestos dependiendo del enfermo. Además, los planetas y constelaciones dispuestas sobre el meridiano sevillano en los meses del brote habían ejercido una malévola influencia sobre la pestilencia, potenciando el contagio.

Si bien han transcurrido más de tres siglos desde la gran peste de Sevilla, la búsqueda de chivos expiatorios en tiempos de crisis es una mecánica que sigue vigente. Así como ayer fueron los pecados de las mujeres, la disposición de las constelaciones o los gitanos los que nutrieron nuestra paranoia, hoy la alimentan poderosas corporaciones importadas desde la ciencia ficción, al estilo de Umbrella Corporation, la farmacéutica responsable de la creación de mutagénicos virus en la saga de videojuegos y películas Resident Evil. Nuestra paranoia también se nutre de universos menos ficcionales: no es un secreto que el gobierno chino ejerce un severo control sobre el manejo de la información que emana de sus instituciones. Donald Trump y su secretario de Estado, Mike Pompeo, lo saben muy bien.

Hace pocos días, Pompeo y Trump declararon públicamente que los laboratorios chinos tienen un largo historial de infectar al mundo con virus letales, como el SARS-CoV-2, afirmación que apela al repertorio de miedos que actualizamos constantemente en función a nuevas sospechas horneadas siempre con los mismos ingredientes: 2 tazas de imprecisión y 3 medidas de exotismo por 2 de ortodoxia, todo aderezado con 1 cucharada colmada de desidia y una pizca de sesgo. La Academia China de Ciencias está conformada por más de 100 institutos de investigación ¿Cuáles han estado involucrados en el historial al que se refieren Trump y Pompeo? ¿A cuál de las decenas de constelaciones del cielo del hemisferio norte nuestro fervoroso testigo responsabilizó de la peste? En el siglo XVII se pensaba que los gitanos provenían de Egipto, de ahí la etimología del nombre: “egiptano”. China y Egipto están lo suficientemente lejos en nuestra geografía de los prejuicios para saber poco y opinar mucho sobre ellos. El molde podrá cambiar, pero la mezcla de la cocción sigue más o menos intacta y lo suficientemente dulce para nuestro paladar promedio.

Cada época tiene sus demonios. El astrónomo Carl Sagan y el historiador Josep Fontana ya nos lo advirtieron, cada uno a su manera. Algunos viven lejos y otros entre nosotros, como las mujeres y los pecadores que capitalizan individualmente las culpas de nuestras desgracias. Urdiendo miedos y ficciones tejemos conspiraciones que los medios reproducen y que quedan instaladas, en el mejor de los casos, como una posibilidad en nuestro horizonte de respuestas. Pero creer en algo no lo hace verdadero. Trump, Pompeo y López de San Román podrán aportar con la ortodoxia y la imprecisión, pero el aderezo de sesgo y desidia siempre corre por nuestra cuenta.

Soledad González Díaz

Centro de Estudios Históricos

Universidad Bernardo O’Higgins

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