IVA, un impuesto apocalíptico

Si bien nuestro país no tiene la tasa del Impuesto al Valor Agregado (IVA) dentro de las más altas del mundo, donde si se destacan varios países europeos con altos ingresos per capita, sí se encumbra como el tercer país que tiene el % de IVA más alto de Latinoamérica, el cual lo lidera Uruguay seguido de Argentina.

Este impuesto que genera un flujo directo al fisco, se usa como un mecanismo de generación de recursos para el estado ante situaciones complicadas, ya que es un sistema sencillo y sin mayores distinciones, que lo hace un recaudador fácil y rápido, asegurando el ingreso de efectivo directamente a la billetera fiscal.

Este impuesto conocido como IVA nació en Chile en 1974 para incrementar las alicaídas arcas fiscales de la época y ayudó al crecimiento de la economía en sintonía con el resto de los países, también ayudó a enfrentar vaivenes financieros durante esos años.

En el año 1988 ante una mejor situación económica, este bajó al 16% como una forma de aumentar el poder adquisitivo del común de las personas. En 1993 se subió al 18% “transitoriamente” hasta 1995 orientado para acciones sociales.

Lejos de bajar, el IVA se mantuvo en 18% por acuerdo del congreso. Posteriormente, subió de nuevo “transitoriamente” a 19% en 2003 con la finalidad de apoyar el plan AUGE hasta el año 2007, donde el Parlamento nuevamente lo dejó en ese monto para financiar obras sociales y apoyar el alza de pensiones.

En síntesis, en los últimos años “no todo lo que sube tiene que bajar” y lógicamente ningún gobierno quiere reducir voluntariamente su presupuesto.

El problema es que el IVA no es equitativo, no es diferenciado como en otros países que resguardan que los servicios básicos y los alimentos tengan una menor carga para que no perjudiquen a los que tienen menos, en Chile prácticamente afecta a todos por igual ignorando los ingresos familiares disponibles totalmente distintos y desiguales.

Un kilo de pan, por ejemplo, está recargado en un 19% para todos, si sube el pan por efecto de alza del combustible, este valor se traspasa al cliente y por supuesto, existirá más ingreso proporcional al Estado.

Según la OCDE en su informe “Tax revenue trends” de 2018, Chile figura como el país que más recauda a través de impuestos a bienes y servicios, siendo el principal “sueldo del país”

Pero el glorioso IVA creciente en el tiempo ha recibido fuertes impactos imprevistos, el primer suceso que dañó directamente a este impuesto, el Estallido social de octubre pasado golpeó duramente las arcas fiscales ya que en esas fechas cayó su recaudo en un 6.2% en comparación al mismo periodo del año anterior, sumado a los miles de millones adicionales en gasto público por efecto de la destrucción de bienes estatales.

Y el segundo suceso, que aún no tiene una estimación final ante la incertidumbre de su futuro, es el efecto de la pandemia, que a la fecha según las estimaciones de la Dipres y del ministerio de Hacienda en su último Informe de Finanzas Públicas (IFP), para este año se prevé una caída de 7,7% en la recaudación de IVA.

Impacto totalmente previsible ya que la economía está dañada y muestra reciente de ello es el desempleo que logró un histórico 11.2%, el nivel más alto en los últimos 16 años, aproximadamente 940.000 personas no consumirán lo mismo por falta de recursos, lo que no ayudará para nada en aumentar la recaudación por este impuesto ante la evidente contracción de la demanda por bienes y servicios.

Muchos países de la Unión Europea y de otras latitudes, como Chile, han subido el IVA en el tiempo para enfrentar recesiones, crisis, terremotos y problemas sociales, esta alza era considerada como la solución para enfrentar gastos ante efectos “apocalípticos” de la época, situación impensable de aplicar hoy en Chile, ya que no se puede dañar más el bolsillo de los chilenos, no podemos subir artificialmente más las cosas de lo que están sino la debacle financiera será inevitable.

Marcelo Ortiz Breitler

Director Escuela de Ingeniería Comercial

Universidad Bernardo O’Higgins

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