Panta rei: La proyección del cambio y la pandemia

“Todo fluye” (panta rei), al menos así nos lo hizo saber el pensador griego Heráclito hacia el siglo VI a.C., en un tiempo axial, cuando varios otros pioneros de la filosofía compartían la pregunta acerca del origen de la realidad. Para todos, el cambio constituye una de esas experiencias que aprendemos a percibir desde temprano. Cambia el cuerpo, el modo de pensar y de percibir el mundo, cambian los contextos. Y esto último a todo nivel, en cada uno de los espacios que ocupamos y de los cuales nos sentimos parte, sin importar cuán lejos o cerca se encuentren.

Hoy en día, alrededor de todo el orbe nos encontramos compartiendo un mismo padecimiento, la pandemia, la que cada cual sobrelleva del modo en que mejor puede. Por momentos pareciera que el tiempo no pasara (lo sabemos los que hemos permanecido en cuarentena). En este sentido, es como si Parménides, el filósofo de la inmutabilidad, y a quien la historia de la filosofía ha instalado como el contradictor de Heráclito, hubiera tenido absoluta razón. Lo que es, es; y lo que no es, no es. Así de sencillo, así de complejo. Si algo es, no puede dejar de ser; si algo no es, no puede empezara ser. Zenón de Elea y Empédocles, supuestos discípulos de Parménides profundizaron en la idea, literalmente hasta el absurdo (las paradojas de Zenón son un verdadero poema a este respecto, en especial la de Aquiles y la tortuga haciendo una carrera).

Cambio y permanencia constituyen una de las díadas constitutivas del pensamiento, así ha sido desde los albores de la lógica, aquel empeño de nuestros antepasados por encontrar y construir respuestas a sus sempiternas dudas, por medio de un constructo genérico, abstracto y capaz de brindar sentido en todo tiempo y lugar. Es cierto que tanto Heráclito como Parménides aún desarrollan su pensamiento mediante la utilización de elementos propios del mito, difícil que hubiera sido diferente si consideramos su potencia en cuanto modo de creación del conocimiento, vigente desde un par de miles de años antes que nuestros filósofos vieran la luz del día (Sócrates y su discípulo Platón crearon una parte relevante de su pensamiento recurriendo a la misma técnica). Por lo menos, es lo que podemos distinguir por medio de los pocos fragmentos de sus escritos que nos han llegado hasta el presente, y otras tantas menciones a su obra contenidas en el trabajo de filósofos, historiadores, matemáticos y poetas grecolatinos.

La pandemia nos ha puesto reflexivos (siempre que se pueda). Nos acongojan los problemas del presente (los asuntos del día), proyectamos el futuro (en especial uno fuera de las casas, hoy por hoy más prisión que paraíso), y como efecto de lo anterior, añoramos el pasado (el real o el inventado, normalmente el segundo. La culpa la tiene la memoria, muy amiga de la fantasía). Respecto del futuro, el tiempo post pandemia, ya avizoramos que éste podría ser diferente, que la gente y la sociedad cambiarán, al menos en algunos aspectos, sean de índole práctico (éticos y políticos, cotidianos o estructurales) o metafísicos (en torno al sentido de lo que somos).

Pareciera que apenas comience la convalecencia, varios aspectos de índole político podrían (algunos dirán deberían) ser repensados (y lo pienso como una posibilidad a nivel global, no necesaria y exclusivamente nacional). Cuestiones tales como los mecanismos de representación popular (por ejemplo los alcaldes copan las portadas, por bien y por mal), la organización de la economía (en sus niveles macro y micro, la lógica de funcionamiento de algunas empresas, la participación del Estado en otras, el caso de las compañías aéreas ha sido noticia), el sistema de protección de la salud (derecho consagrado en la Constitución Política, tan complejo de garantizar en cualquier contexto), el de seguridad social (la cesantía avanza a la par que los contagios), y el de pensiones (la piedra en el zapato de la modernidad, la vida se alargó, la tradición familiar de cuidar a los viejos se acabó, y la cantidad de recursos permaneció casi igual). Y eso solo por mencionar unas pocas cosas.

Nuestra relación con la tecnología también podría ser repensada. Hasta antes de este poco gentil episodio de la historia, teletrabajo y teleducación eran todavía una especie de sueño (o de pesadilla), pero la velocidad del presente nos ha obligado a todos, trabajadores, padres e hijos, a cabalgar sobre ellos, un paseo no siempre tranquilo. Ahora, pareciera que ambas podrían haber llegado para quedarse. Por supuesto, será pertinente repensar toda la madeja normativa que regula y delimita el mundo laboral y educacional. Una parte importante del circuito económico también podría quedar en manos de la tecnología. Varios proveedores de bienes y servicios ya lo estaban. Hoy podrían terminar de virtualizar sus procesos (confieso que esto último no deja de asustarme).

En el plano cotidiano, hay indicios que hacen presagiar el fin de tanto beso y tanta mano en el saludo, reduciéndose ambos a los casos pertinentes (supongo que en un mundo en que los rituales han desaparecido, a excepción de ciertos espacios en el oriente y de algunas micro sociedades como la realza y el papado, cada individuo, familia, grupo o sociedad, tendrá que definir cuáles son estos casos). Agreguemos a ello la tan necesaria dedicación a la higiene personal, por lo menos de las manos, y el cuidado de la limpieza (profunda y en serio) de los espacios. Ojalá.

Finalmente, pienso en las relaciones interpersonales y familiares. Cuántos podríamos comenzar por solucionar los asuntos pendientes con los miembros de nuestro lote, con los progenitores, hermanos, hijos, además de con los amigos. Ya nos dimos cuenta de que en algún momento nuestra historia se acaba. La pandemia no nos permite olvidarlo. El ámbito intrapersonal también podría verse afectado. Ante el miedo a una muerte inminente, a la aniquilación, es posible que nos decidamos a hacer lo que estimamos haya que hacer de una vez por todas, dejando de lado la soberana idea de que llegue aquel momento indicado en el futuro.

En realidad, no estoy en condiciones de afirmar nada de lo anterior. Son solo suposiciones, nada muy creativo, aunque lo más probable es que sí sea compartido entre varios (he aquí un argumento de autoridad proporcionado por el sentido común). Solo puedo decir lo que veo y escucho, o se me ocurre e invento (y no soy capaz de empezar a hablar de lo que se viene para la formación de los profesionales de la salud, en el ámbito de la investigación científica, en el funcionamiento de los establecimientos hospitalarios, en la discusión e implementación de políticas públicas sanitarias, etc.). Sin embargo, “el sol es nuevo cada día” nos recuerda Heráclito en su sexto fragmento, algo bastante alentador: hay luz, calor y tiempo, al menos mientras sigamos acá, pese a que de una forma diferente. “Entramos y no entramos en los mismos ríos, somos y no somos”, cambia el río, cambian las personas, cambian los contextos. Vivir en el tiempo es así. “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos” se dirá en pleno siglo XX. Sin perjuicio de todo esto, comparto la idea de que Parménides también tiene en parte la razón (en este caso, hay algo que perdura), y el genial Aristóteles, en su tan necesaria óptica del justo medio, lo sabía hacia el siglo IV a.C., conciliándolo con Heráclito, pero esa es otra historia.

Francisco José Ocaranza Bosio

Centro de Investigación Institucional

Universidad Bernardo O’Higgins

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