Columna de opinión: La amazona

Eduardo Téllez Lúgaro

Para que esta historia funcione usted deberá suponer que en alguna parte hay un Dios, y que ese Dios, fastidiado ya de las formas, decide que de una bendita buena vez cesen las palabras y sean estas reemplazadas por un gesto. Uno solo.

Entonces sucede.

El papa-móvil pasa algo rotundamente entre la multitud,  bajo un sol de justicia y en medio de una mañana diáfana que no permite equivocar nuestras percepciones. De pronto el caballo de uno de los vigilantes de ruta, a la sazón una mujer policía, se encabrita, el animal viene a tierra y su amazona con él. Aturdida por la rodada, Ana Belén, la oficial de Carabineros derribada de su montura, no alcanza a darse cuenta enteramente que el obispo de Roma, espontáneamente conmovido, ha descendido desde su carro celular por venir a asistirla en la tribulación, al tiempo que otros muchos intentan hacer lo mismo. El rito puede esperar. En el camino alguien yace caído y ese sí no puede esperar sino la ayuda de un semejante. Sea quien sea.

Al final, en apariencia, no pasa mucho. El improvisado conjunto formado por varios funcionarios de turno, la comitiva pontificia y el mismo sucesor de Pedro que comparten por un rato su desvelo por el estado de la caballista de Carabineros, deja lugar a la ambulancia y a los paramédicos. La herida es retirada a tiempo. El protocolo prosigue.

Naturalmente –así están los tiempos- muchos presentirán que se trata de otro acto mediático, de un caso fortuito que alimentará, repetido y repetido hasta la náusea, los noticieros vespertinos.  Empero, en esta historia hay un Dios y es su voluntad que usted, por acaso, recuerde otra vez aquella añeja parábola contada por él mismo hace veinte siglos atrás:

«Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto”.

Los entendidos de entonces, primero un honrado sacerdote, luego un levita, gentes de respeto, que conocían la letra de la ley (que no su espíritu) pasaron de largo rumbo a sus destinos humanos sin auxiliar al hombre herido junto al sendero. Bueno, y usted ya sabe, viene el samaritano que no se pregunta por el color, la religión, el rango social, la etnicidad o las ideas particulares del ser abatido. Le presta los primeros socorros, lo lleva hasta una posada, paga su curación por adelantado al mesonero y se apresta a venir a verlo apenas sus asuntos le dejen un respiro. La pregunta del escriba: “¿Quién es mi prójimo?” se vuelve así retórica frente a un gesto tan elocuente por sí mismo. A la sazón fue el samaritano pero debió –debería ser- el de  cualquiera. Allí estriba la enseñanza del día. Mera y simple misericordia.

Quizás ese Dios, a veces impenetrable, esta vez quería que usted sencillamente recordara que este atardecer un millonario morirá solo en su casa de reposo; que otro haitiano aterrado por no saber el idioma esperara venir la noche en un conventillo colmado de gentes que, como él, no saben qué diablos ocurrirá mañana con ellos; que dos o tres millones de chilenos agobiados gastarán dos horas de su tiempo (otro tanto han invertido en la madrugada de todos sus días, al venir) en regresar en microbuses recalentados a sus hogares únicamente a dormir,  sin recibir la compasión de una sonrisa o la de una palabra medianamente amable.

Suponga, por una vez, que ese Dios, todo un narrador, deseaba puramente que hoy usted redescubriera esa vieja historia sucedida en los desiertos de la vida:

“Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó…”