Covid-19: Desde lo científico a lo humano

Desde diciembre del 2019 a la fecha nadie se habría imaginado la situación a que íbamos a llegar ahora. Muchos miramos desde lejos el brote de un nuevo virus en Wuhan, China y lo asociamos a la gripe H1N1.

Al pasar los días nos fuimos dando cuenta que se llamaba Coronavirus, dadas sus características al microscopio electrónico. La información comenzó a ser cada vez más vertiginosa en la medida que comenzó a fallecer gente. Ahí supimos que el nombre correcto del virus es SARS-CoV-2, ya que se había descrito anteriormente el síndrome respiratorio grave por coronavirus, SARS-CoV en el 2002 y que afectaba preferentemente a algunos grupos etarios, a la gente mayor o con comorbilidades como la hipertensión, diabetes o alguna alteración en el sistema inmune.

La clínica de este virus nos hizo poner atención a síntomas de gripe común, como la fiebre, tos seca, cefalea, decaimiento, pérdida del olfato y gusto que también se reconocen como síntomas típicos de inicio de la enfermedad. Los enfermos que desarrollan cuadros bronquiales tienden a ser más complicados, debido a que requieren apoyo ventilatorio, en el peor de los casos ventilación mecánica, dado que esta cepa de virus ha demostrado ser muy agresiva con el tejido alveolar.

Entre las comorbilidades aparece la hipertensión, el por qué afecta a estos pacientes con mayor intensidad radica en que el virus se une al mismo receptor que los fármacos antihipertensivos (ECA, enzima convertidora de angiotensina). Este receptor se encuentra en un mayor número en pacientes que toman medicamentos para hipertensión como Losartan o Enalapril. Por otra parte, en el caso de pacientes diabéticos y adultos mayores, el mayor índice de azúcar en la sangre hace que la hemoglobina se glicosile, lo cual disminuye su capacidad de transportar oxígeno en la sangre de manera que los efectos del Coronavirus sean aún más agudos que en otros pacientes.

Hasta fines de febrero sólo era una enfermedad lejana que no nos afectaba en nada. Pero el 3 de marzo la historia dio un giro inusitado al ser confirmado el primer caso de COVID-19 en Chile, por su nombre en inglés “Enfermedad por Infección por Coronavirus”. A esas alturas nuestra atención se transformó en una preocupación mayor, ya que las informaciones provenientes desde el exterior y sobre todo desde Europa no eran muy alentadoras dada la cantidad de contagiados, hospitalizados y fallecidos que afectaban a España y especialmente a Italia. Creo que desde mis clases de pregrado de salud pública que no escuchaba términos de epidemiología. Con esto, tanto las autoridades de gobierno como la opinión pública pusieron en el tapete la temática de esta enfermedad y junto con ella los términos de “confinamiento” y “cuarentena”.

Tuvimos que aprender a lavarnos las manos en forma correcta, usar mascarillas, mantener distancia entre las personas y quizás lo más complejo, generar un cambio radical en la forma de relacionarnos. Desde el punto de vista humano, esta pandemia ha tocado nuestra esencia y quizás a más de alguno de ustedes le ha obligado reflexionar y a valorar aquello que realmente es importante en nuestra vida, y a la vez lo simple y compleja que es la convivencia en el día a día.

Al detener nuestras actividades rutinarias y observar lo que los medios nos quieren entregar aparece un concepto quizás olvidado y que encierra la frase “debemos cuidarnos”, es decir salir de nuestro individualismo. La empatía comenzó a tener importancia y pese a eso, hemos tenido que aprender a vivir con una serie de restricciones que supuestamente nos llevarán hacia el bien común posterior a la pandemia. Hemos aprendido que se puede vivir sin “mall”, sin asistir a un restaurante, comer lo que tenemos en casa y retomar el diálogo con nuestra familia. Acá me detengo, ya que me afecta en forma muy directa. El hecho de no poder ver directamente a mi familia ha sido un proceso doloroso y que espero que a mediano plazo sea reversible. Sumado a lo anterior, el confinamiento ha dejado al desnudo la situación en que viven muchos de nuestros compatriotas. Me refiero a las condiciones de hacinamiento que han producido un aumento exponencial en los casos de violencia intrafamiliar, exacerbación de adicciones como son el alcohol y el uso de drogas, que avizoran un problema de salud pública no menor, que es que la población se está enfermando mentalmente. No sé cuándo esto se va a solucionar, pero será importante que mantengamos nuestra conciencia colectiva, ya que nos permitirá sobrellevar juntos este problema social. En lo personal no me gusta vivir con miedo, así es que he dedicado parte de mi tiempo a trabajar en mí misma, alejarme aún más de las redes sociales y los medios de prensa que nos bombardean todo el día con la situación país.

Hace exactamente un siglo, la gripe española diezmó fuertemente a la población mundial y lejos de producir un cambio en el ser humano, nos encontramos hoy en una situación similar a la de hace 100 años atrás:  una sociedad con miedo, aislada socialmente y con estigmatización de la enfermedad. Quizás el SARS-CoV-2 igual que el virus de la gripe española desaparezca tal y como llegó, pero ciertamente el COVID-19 nos ha transformado como sociedad y como planeta, ¿la pregunta es para una sociedad mejor?, ¿o más injusta que la que hoy prevalece?

Invito a todos a construir a partir de esta experiencia una sociedad más justa, más equitativa, más solidaria con nuestros pares y con la naturaleza”.  No desaprovechemos esta oportunidad.

Dra. Mónica Saldarriaga Córdoba

Centro de Investigación en Recursos Naturales y Sustentabilidad (CIRENYS)

Universidad Bernardo O’Higgins

Traducir
Abrir chat